viernes, 25 de diciembre de 2009

VIAJE A USA Y CANADA 2008



Comenzamos nuestro viaje el día 7 de Marzo de 2008 con la incertidumbre que nos ha perseguido durante 8 años, y sobre todo después de habernos tenido que volver, 5 meses antes desde Paris, debido al ingreso de mi suegra en un Hospital. Llegamos al aeropuerto Logan de Boston tras 7 horas y 40 minutos de vuelo.
Bajo un frío de justicia, esperamos que Enrique y Carlos alquilaran un coche que ya habíamos reservado a través de internet, se trataba de un Chevrolet de 7 plazas, donde a duras penas entraban las 10 maletas que llevábamos. En ésta ocasión nos acompañaban en el viaje Elena y Carlos y su hijo Alberto, compañero de estudios de Eva.
Iniciamos el viaje a bordo de nuestro flamante coche y nos dirigimos con el imprescindible Tom-Tom de Carlos hacia Nueva York, llovía de justicia, decidimos parar para cenar en Circa, en un típico restaurante americano llamado Friendly´s y bajo la curiosa mirada de los habitantes del lugar , donde dimos cuenta de los platos típicos de la fast-food americana, que se resume en dos palabras: carne y patatas. De allí nos dirigimos siempre bajo la lluvia hacia Nueva York, al barrio de Queen´s que era donde se encontraba nuestro Hotel, llamado Pan American situado en Queen´s Boulevard.

 Nuestro Hotel hace 30 años sería maravilloso, ahora dejaba un poco que desear. El restaurante anexo donde desayunábamos todos los días estaba atendido por una cubana de armas tomar y un dulce colombiano que le gustaba mucho la pintura española. El día 8 comenzamos nuestra andadura americana dirigiéndonos bajo una intensa lluvia hacia el Metropolitan Museum, antes Carlos y Enrique tuvieron que dejar el coche que habíamos alquilado en un taller de al lado del Hotel para cambiarle el aceite, pues el testigo se encendía y nos quedaban muchos kilómetros por delante. El Metropolitan, situado en la Quinta Avenida fue fundado en 1870, es gratuito aunque te invita a comprar entrada para ayuda del Museo, en él y atravesando su fastuoso Hall podemos contemplar piezas egipcias, como sarcófagos policromados, cuadros de Vermeer, Gauguin, Renoir, Van Gogh y una vista de Toledo de El Greco, una increíble borrachera de arte que te invita al descanso en el Templo egipcio completo que se exhibe en un gran patio acristalado donde se veía la lluvia que caía sobre Nueva York ....

Salimos del Museo una vez que había dejado de llover y decidimos comer en Marché Madison, en Madison Avenue, una especie de pequeño mercado, donde se vendía comida al peso, ensaladas, sándwich y bebidas, eso sí si era alcohol debía ser envuelto en una bolsa de papel como le pasó a Elena, al pedir una cerveza para acompañar su comida, haciéndole sentirse un poco mal, no entendiendo que se trataba de un asunto de impuestos, muy lejos de nuestra mente española. El sitio era atendido por un paraguayo muy agradable. De allí nos dirigimos a pasar por Manhattan, pasamos por edificios emblemáticos como el Dakota, construido en 1880, frente a Central Park, famoso desgraciadamente por el asesinato de Jhon Lennon en su interior, justo 100 años después.
 En nuestro paseo nos encontramos unos policías muy simpáticos que nos ofrecían secuestrarnos a los niños, nos negábamos, claro ya que se los ofrecíamos gratis :-D . Cogimos el Metro para dirigirnos al Madison Square Garden para ver si conseguíamos unas entradas para ver un partido de la NBA, donde jugaba un equipo local. Recuerdo que comenzó un viento helado muy fuerte a la entrada del recinto, que hizo nos refugiáramos todos en el sótano. No pudimos conseguir entradas pues estaban agotadas y sólo quedaban las de 70 euros.
Continuamos nuestro paseo por La Gran Manzana, tomamos un café en un Café de la Quinta Avenida, donde vimos que el concepto de tamaño americano es distinto del europeo, pues taza pequeña de ellos corresponde a piscina europea. Pasamos por Times Square, contemplamos la borrachera de neón de la plaza que debe su nombe desde 1904 al dueño del New York Times, por instalar allí sus oficinas. Si estás en Times Square estás en Broadway y claro el espectáculo, no podía faltar y vimos un cow-boy sólo armado con un pequeño slip (estábamos bajo cero), un sombrero y una guitarra en medio de la calle, Alberto le hizo una foto, los demás estábamos perplejos.
Justo enfrente de la escena se encontraba un restaurante que nos recomendó Santiago, nuestro amigo, se llamaba Juniors y se encuentra en el 1535 de Broadway. La decoración es agradable pero el servicio es sorprendente, impecable, nos servían el agua de una jarra como si se tratara de una botella del mejor vino francés, los platos sorprendentemente grandes y los precios sorprendentemente bajos ( el euro estaba fuerte).
Bajo el intenso frío neoyorkino cogimos el Metro y tras una equivocación de línea, nos reímos un rato con un personaje del andén de enfrente que no paraba de bailar de una manera grotesca bajo, se supone, la música de su Ipod. El día 9 de Marzo, decidimos comenzarlo atravesando el Puente de Broklyn (conocido inicialmente como “Puente de Nueva York y Brooklyn”) une los barrios de Manhattan y Broklyn. Fue construido entre 1870 y 1883 y, en el momento de su inauguración era el colgante más grande del mundo (mide 1825 metros de largo). También fue el primero suspendido mediante cables de acero, comenzamos a cruzarlo desde Broklyn, su paseo te proporciona vistas muy bonitas para hacer fotos, es agradable y aconsejable, desembarcas junto a la Zona Cero, pasamos por delante del edificio Woolworth, que fue durante 16 años el edificio más alto del mundo, el Presidente Wilson lo inauguró en 1913, mide 241 metros y está decorado con gárgolas, precioso.
Nos dirigimos hacia la Zona Cero, antes pasamos por la Iglesia de St Paul, finalizada en 1766, es la única iglesia anterior a la independencia que se conserva en Manhattan y por ende el edificio más antiguo de Manhattan; en su interior se conserva el reclinatorio que utilizó George Washington tras su juramento como primer presidente de Estados Unidos, en 1789 y en la entonces capital del país., el órgano que data de 1804 fue inutilizado por el polvo rque se originó como resultado de la destrucción de las Torres Gemelas. Tras la desaparición del Word Trade Center, se ha convertido en una especie de centro de peregrinación, donde se conservan numerosas fotos de fallecidos en el atentado, objetos utilizados para auxiliar a los voluntarios para ayuda de la catástrofe y a los propios bomberos, es sobrecogedor y recuerda lo que es capaz de hacer la especie humana contra sí misma.
Saliendo de la Iglesia, se encuentra la Campana de la Esperanza, donada por Londres, como símbolo de solidaridad por el 11-S. Atravesamos el insólito cementerio, en medio del distrito financiero y nos encontramos con lo que fue el centro mundial de las finanzas: el World Trade Center, bueno el hueco carbonizado que ocupaban la Torres Gemelas, tapado por una red, pero visible y aterrador, por lo que supone verlo. Nos marchamos de allí, y como españoles, no pudimos más que pensar: “Nunca Mais”.

Decidimos comer en el distrito financiero y paseamos por Walt-St, presidido por una inmensa bandera estadounidense, Comimos en 35 Cedar St, en un lugar llamado “Financier”, a base de ensaladas, la cuenta: 70.93 $. De allí nos dirigimos al Rockefeller Center, centro de patinaje sobre hielo y música, un poco exagerada la decoración, pero realmente estadounidense. Seguimos nuestro por paseo por la Gran Manzana y pasamos por el edificio Chrysler, símbolo del art-decó, terminado en 1930 y de 319 metros de altura, la decoración del edificio está basado en los tapacubos de los coches y es de acero inoxidable, al edificio le arrebató el titulo de “más alto del mundo”, el Empire State Building en 1931, el Chryler es impresionante de noche. Visitamos también el “chic” hall del Hotel Waldorf-Astoria y atravesamos Park Avenue. 
Decidimos cenar en un restaurante llamado Remi, situado entre la 6º y la 7º Avenida, nos lo recomendó la nuera de una compañera mía de trabajo. El Remi es un restaurante italiano, decorado con murales sobre Venecia y con una atmósfera muy agradable, una comida muy buena, una carta un poco cara, un camarero guapo y servicial y un maître italiano muy amable.
El día 10 decidimos ir en el Ferry a ver la estatua de la libertad, cogimos el que va a Staten Island, es gratuito, el embarcadero estaba lleno, pero al llegar el barco, la gente se dispersaba en éste y el barco era cómodo, pero al llegar cerca de la estatua de la libertad, la gente se aglomeraba para salir en la foto, al igual que al volver pero el fondo de foto era ésta vez el “sky line” de Nueva York, huérfana de la Torres Gemelas.
No visitamos Staten Island y al llegar de nuevo a Manhattan, fuimos caminando hasta Gran Central Terminal, llamada en alguna ocasión “umbral de la Nación”, el hall tiene una escalera que imita la de la Ópera de Paris, el techo de 38 metros de altura está decorado por Paul Helleu que representó las constelaciones del zodíaco, todo pagado por Cornelius Vanderbilt, representado por una estatua. De allí nos comimos la Gran Manzana, pasando por Little Italy, donde una chica de un café de Mulberry ST que hablaba español nos explicó qué es el Sanguinaccio, un pastel de Liguria, hecho con sangre de cerdo, procedente de la matanza y chocolate fundido. Luego digerimos el SOHO ( Sur de Houston), lleno de galerías de arte, Greenwillage, repleta de bares y restaurantes y desde allí fuimos al Empire State Building, bueno sólo a sus pies, decidimos visitarlo al día siguiente. Terminamos el día de nuevo en Juniors, el restaurantes de los superplatos, ésta vez supimos pedir para que no sobrase nada.
El último día en Nueva York, lo comenzamos en el Empire State Building, cogimos la modalidad de ver la ciudad sobre 389 metros (piso 102), o sea hasta la punta, allí distingues todos los edificios y calles de la ciudad, a mí el que más me llamó la atención fue el edificio Flatiron que está en los cruces de Broadway y la Quinta avenida, es una peculiar construcción triangular de 1902 de 87 metros de altura y el primero que fue construido en acero, posteriormente, elemento imprescindible en los rascacielos. Qué decir del Empire, se construyó en 410 días , o sea 4 plantas y media por semana, se inauguró en 1931 y es de stilo art-decó, su nombre se debe al apodo del Estado de Nueva York, (el Estado Imperio). Sus 73 ascensores se mueven a 366 metros por minuto, o sea , el edificio es la esencia de América. De allí y previo paso por una tienda de bocadillos, nos fuimos a comer a la ONU, no pudimos pasar a comer a su puerta y lo hicimos en su verja. Tras pasar las medidas de seguridad, llegamos a su hall, donde había niños ataviados con trajes de varios países, parecía una fiesta universal. Bajamos a la tienda donde había regalos de todo el Mundo y pasamos también a la librería, compré un marca páginas de una muñeca de papel. No puedes dejar de sentir en éste edificio que estás en tu casa, en la Casas del Mundo. Decidimos que para bajar la comida caminaríamos hasta Canal St, donde compramos unos Sebago y zapatillas Converse All Star, agotados cenamos en un Starburks café de Broadway y nos marchamos al Hotel, adiós Nueva York...pequeña ciudad azul...

Salimos pronto de Nueva York a Washington, paramos para comer en un centro comercial a medio camino, lo hicimos en un Subway, cadena que conocíamos de otros viajes, donde nos comimos unos bocadillos de vegetales y los niños una pizza. Tras un largo atasco en la entrada de Washington, llegamos al Hotel Sheraton, muy elegante y donde no pudimos evitar compararlo con el Hotel de Nueva York. El hall era muy grande, con grandes jarrones chinos sobre una mesa y donde nos dio la bienvenida el Jefe de seguridad del hotel.
Dejamos nuestras cosas y nos fuimos en el autobús del Hotel hasta Pentagono Station, estación de Metro. El Metro de Washington es muy bonito, su techo abovedado le da un aspecto peculiar, las luces a modo de ojos de gato de los andenes lo embellecían más y el tono correcto del locutor, en un inglés claro ( nos prevenía de mochilas o bultos sospechosos), lo distinguían de la cutrez del Metro de Nueva Cork, donde llegamos a conocer las ratas neoyorkinas. Además en Washington en los túneles, al paso rápido del Metro se visualizaban imágenes de películas.
Llegamos a los alrededores de la Casa Blanca donde habíamos quedado con Guillermo, nuestro amigo, allí nos encontramos con él en la verja de la Casa Blanca, lo habían vallado porque según Guillermo, Bush estaba paseando a su perro. Una vez abierta la verja, paseamos alrededor de la casa más popular de USA. Se nos hizo de noche y ya Guillermo nos advirtió antes de marcharse que cerraban muy pronto y así fue, pillamos una pizzería abierta por los pelos, cenamos, cogimos el Metro, luego el autobús y a dormir al Hotel.
El día 13 decidimos pasarlo en Filadelfia, con el coche nos desplazamos los casi 300 kilómetros que separan las dos ciudades, dejamos el coche en un aparcamiento de 12 plantas sobre la tierra, o sea un edificio, estaba situado al lado de la escuela de Medicina de la Universidad de Drexel, cuyo símbolo es un dragón azul, bajamos a la calle, en un ascensor panorámico acristalado, desde donde se divisaba parte de la ciudad .

Filadelfia es una de las ciudades más antiguas de USA (1681), cuna de Benjamín Franklin. De allí nos encaminamos hacia la plaza Penn donde se encuentra el edificio del ayuntamiento coronado por la estatua de William Penn, fundador de la ciudad, detrás existe en espacio abierto lleno de fichas y estatuas gigantes de juegos de mesa: dados, caballos de ajedrez, etc.. De allí nos dirigimos a pasear por la ciudad, pasando los edificios emblemáticos de la época de la Independencia , comimos en Cosí, cadena de comida rápida de bocadillos y ensaladas. Filadelfia está llena de tiendas de diamantes. Elena y yo entramos en una de ellas, fascinadas por un anillo, el dueño, nos hizo una generosa oferta , pero eran más de 2000 €, demasiado para un capricho en un viaje como éste. Pasamos por el Histórico parque de la Independencia, donde se encuentra la Campana de la Libertad, en una urna de cristal. Cogimos el coche, y en nuestro camino hacia Washington, paramos a cenar en un pueblo llamado Elkton, Estado de Maryland, en el restaurante Season Pizza en 101 West Pulesky Hummy, de allí agotados, nos marchamos a dormir al Hotel.
El día siguiente lo dedicamos para conocer Washington, no muy alentados, por la experiencia del primer día, pero nuestra opinión cambió a lo largo del día. Washington, compone el Distrito Columbia, entidad diferente a los demás estados del país, a orillas del Río Potomac, fué fundada a finales del siglo XVIII y su nombre hace honor al Primer presidente de los Estados Unidos. Comenzamos por la Casablanca de nuevo, construida en 1790 y de estilo neoclásico, se encuentra rodeada por un gran jardín, delimitado por una verja negra desde la cual, los mortales contemplamos la residencia del hombre más poderoso del mundo. Enfrente de la fachada Norte, se encontraba una “homeless” al parecer española y al lado un individuo, cantaba una canción con un cartel en las manos “out of Irak”, le pedimos hacernos una foto con él, apelando nuestra condición de españoles, el hombre aceptó y nos hicimos la foto.
De allí nos dirigimos por la Avenida de Pennsilvania hacia el Monumento a Washington, un gran obelisco de mármol, granito y piedra arenisca, erigido en 1840 de 169 metros de altura, se puede llegar a la cima, subiendo en ascensor o por los 893 escalones. Entre éste monumento y el Capitolio se encuentra se encuentra el Smithsonian, un complejo de 10 museos, lo fundó el científico James Smithson “para aumentar y difundir el conocimiento” en 1846. yo creo que lo consigue, concretamente con la Galería nacional, un edificio neoclásico por fuera, pero impresionante por dentro, en lo que se refiere a su continente y a su contenido, dentro se encuentra el cuadro “Mujeres en la ventana” de Murillo, uno de los cuadros más bonitos que yo haya visto, lástima que no se encuentre en España., es todo tan bonito en el Museo que no te puedes perder su tienda, está a la altura. Enfrente de Galería Nacional, Elena se compró unos pendientes con certificado de ser una copia exacta a los que utilizaba Jacqueline Kennedy. Del Museo y con un paseo muy agradable llegamos al Capitolio, a sus pies hay un lago espectacular.
El Capitolio construido en 1800 por William Thorton de estilo neoclásico, se compone del Ala Norte que es el Senado y el Ala Sur que es la Cámara de representantes, todo ello presidido por la gran cúpula, no entramos a visitarla porque teníamos hambre, por ello, nos dirigimos a Union Station muy cerca de allí, terminada en 1901, con un hall precioso coronado por estatuas colosales que representan al fuego, electricidad, libertad, mecánica, agricultura e imaginación todo construido en mármol y granito, de estilo como no neoclásico. Comimos unos bocadillos en Au Bon Pain y nos dirigimos andando hasta Georgetown, la Universidad por excelencia de Washington, la sorpresa, paseando por la Avenida de Massachussets, llegamos a Chinatown, igual que todas de allí llegamos a unas calles con un gran ambiente, lleno de restaurantes de todo tipo, incluso españoles: Jaleo, del famoso José Andrés, que por cierto estaba lleno., se encuentra en la Calle 7. Cogimos el Metro y nos dirigimos al Fashion Center, donde cenamos, de allí al Hotel, adiós Washington, me has gustado mucho!!.
Al día siguiente salimos temprano del Hotel para cubrir cuanto antes los 700 kilómetros que separaban las dos ciudades, desayunamos en el Restaurante Bob Evans una cadena donde el trato es amable y familiar, situado en 1505 Garrett Drive, en Frederick, estado de Maryland y donde desayunamos unos huevos y otros tortitas o pancakes americanos, seguimos nuestro camino y comimos en Perkins restaurant en Meadville, estado de Pennsilvania, la cuenta fueron 73.85 dólares, además pasamos por los Estados de Virginia, y Nueva York y por fin llegamos a Toronto, ciudad típica norteamericana, presidida por la famosa torre de televisión y dónde ya se notaba que entrábamos en Canadá, hacía un frío de narices, comenzaba nuestro entrenamiento para poder aguantar bien las temperaturas de Québec. Toronto se encuentra en el Estado de Ontario, cuyo lema en sus matrículas es “Tours to discovery”.

Toronto es la ciudad del mundo donde más etnias conviven y más lenguas se hablan, es la ciudad fuera de Italia donde más persona hablan italiano. El Hotel era el Novotel Toronto, un céntrico hotel agradable, enfrente de éste se encontraba un restaurante precioso, llamado Old Spaghetti Factory, la decoración era espectacular, dentro había un tiovivo de más de 100 años, vagones de trenes,y otras antigüedades...todo decorado con techo y lámparas tipo tiffany, precioso, la dirección es 56 The Esplanade, fue construido en 1898 y transformado en restaurante en 1971, la comida es italiana sin ninguna pretensión, pero el servicio es amable y la decoración única.
El día 16 de Marzo lo dedicamos a conocer Toronto, fuimos caminando por Yonge St, registrada en un tiempo como la calle más larga del mundo, hasta Chinatown, donde se oye sobre todo hablar chino y con unos mercados de verdura y fruta peculiares, pues es difícil reconocer alguna ya que deben ser autóctonas de China, digo yo. Contemplamos un desfile de San Patricio donde había música y unos militares le regalaron a Enrique unas pulseras típicas de su Cuerpo. Desde allí nos dirigimos a Kessington Market, un mercado muy pintoresco, en los alrededores de Spadina avenue, fue un barrio judío, pero ahora es una zona comercial, verdaderamente peculiar, por los comercios (ropa de segunda mano) como por la gente que acude a comprar y habita en él, podrían ser los hippies del siglo XXI, está cuajado de casa de colores, que junto con la nieve, le daba un aspecto curioso al lugar. Compramos unas galletas llenas de lacasitos y un brioche, en Market Bakery, donde nos aceptaron dólares americanos, pues todavía no habíamos cambiado moneda canadiense. Seguimos nuestro camino y terminamos comiendo en un sitio de ensaladas y pizza que se llenó tras nuestra entrada. De allí nos fuimos paseando hasta el Lago Ontario, antes pasamos por la CN Tower, protagonista de un chiste español: sabes qué se ve desde la torre de Toronto?, no, pues se ve Toronto entero.....pues bien, la CN Tower , es la estructura más alta del mundo (553 metros), título que se lo quitará otra construcción de Dubai, próximamente, la Torre es el símbolo de Toronto, si subes, puedes sentir un mareo estupendo pues su suelo es de cristal. En días claros, se puede ver el vapor de las cataratas del Niágara y la ciudad de Búffalo, existe arriba también un restaurante giratorio.
Bajo un frío de justicia llegamos al Lago Ontario, a la entrada se encontraba una pista de hielo que se estaba preparando para recibir a la gente, bajo una música preciosa, había un velero tipo Cutty Sark, ancaldo en el Lago. El lago Ontario es el lago “más pequeño” de los 5 grandes lagos de Norteamérica, tiene 18960 kilómetros cuadrados, su nombre significa “lago hermoso” en lengua iroquesa. Desde nos encontrábamos nosotros no se veía el fin del Lago, paseábamos por allí, hasta que la temperatura no nos dejaba más y entramos en un café a calentarnos., que por cierto cerraba a las 17.00 de la tarde, por lo tanto nos fuimos a refugiar a la ciudad subterránea de Toronto. Es una ciudad dentro de la ciudad, llena de restaurantes, tiendas, estaciones de metro, además comunican con los edificios más emblemáticos de la ciudad como la CN Tower, el ayuntamiento, el Eaton center, etc..., lástima que era Domingo y estaba cerrado, así que cuando nos calentamos nos dirigimos al Eaton Centre, uno de los centros comerciales más grandes del Mundo, con un techo muy espectacular, cenamos en Richtree Market, una modalidad que ya habíamos conocido en Ámsterdam que consiste en que tú eliges el alimento y la manera de cocinarlos: pescado, carne, pasta, por supuesto con postre y café, un poco caro, pero exótico. De allí nos fuimos al Hotel, donde los 3 niños y Enrique decidieron terminar la noche en la piscina cubierta, eso sí, del Hotel.
El día 17 de Marzo, pasamos el cumpleaños de Enrique en Niágara Falls, o sea las cataratas más famosas del mundo, realmente no te decepcionan, son impresionantes, especialmente la llamada La Herradura, son producto de la retirada de los glaciares hace 10.000 años, en ese tiempo se han movido unos 11 kilómetros de su origen, debido a la erosión del agua. Las cataratas están situadas en la frontera entre USA y Canadá (estado de Nueva York) , hay 3 saltos de agua principales, además de otros 100 más pequeños, el Hosershoe Falls en la parte canadiense (la Herradura) y el Bridal Vell Falls y Rainbow Falls en la parte estadounidense.
 La Herradura tiene una caída de 52 metros y produce un ruido atronador, sobre todo desde el túnel que te conduce a la caída de la Catarata. En el recorrido del túnel (llamado Journey behind the falls), se encuentran fotos donde se muestran visitantes famosos de las Cataratas, donde no falta cómo no, las fotos de Marilyn Monroe, cuando rodó la famosa película “Niágara”. El precio de la visita eran 12 dólares canadienses por persona, la ventaja de visitar las cataratas con el frío que hacía, es que no tuvimos que soportar las largas colas que indican todas las guías sobre Niágara falls. También se puede pasear en el barco llamado Maid of the mist, que se queda parado junto al salto de agua, pero en ésta época debido a la nieve, el servicio estaba cerrado. Las cataratas están declaradas Parque Natural para preservar el entorno, cosa que te sorprende ya que hay montado un tinglado turístico (restaurantes, Moteles, tiendas de recuerdos, casinos, Hoteles, etc) tanto en la parte canadiense como en la estadounidense, mucho de ello dirigido a parejas en Luna de Miel.
Comimos en un centro comercial justo enfrente del puente que atravesamos sobre el Niágara y que nos llevaba a la parte estadounidense, la vista es espectacular, sobre todo para mí que sufro de miedo a la altura, pero merecía la pena el esfuerzo pues pasar por encima del Niágara no se hace todos los días. Atravesamos la frontera y el papeleo con unos policías simpáticos y me dio una agradable sorpresa, pues yo recordaba más fea ésta parte hace 15 años cuando estuvimos Enrique y yo, paseamos por un parque cubierto por la nieve, a orillas de la otra catarata, Volvimos de nuevo a cruzar el elevado puente, no sin antes pasar de nuevo la frontera, ésta vez con una antipática policía rubia canadiense, tras un breve paseo, cogimos el coche de nuevo y nos trasladamos a Toronto. Cenamos de nuevo en el Old Spaghetti Factory, donde tras decirle al camarero que era el cumpleaños de Enrique y documentarlo con su pasaporte, le cantaron “Happy Birthday” con unas bengalas y le invitaron a cenar.
El día 18 nos disponíamos a coger el coche para trasladarnos de Toronto a Montreal, cuando nos llegó la noticia a través de mi amiga Beatriz que mi suegra había ingresado en el Hospital, en principio “porque le había subido mucho la glucosa”. Continuamos nuestro camino preocupados, paramos a comer en Morrisburg, también del Estado de Ontario, en un Mcdonalds con una camarera tan gorda como antipática. Llegamos a Montreal, si había nieve en Toronto, aquí había mucha más, nos costó acceder a la puerta del Hotel llena de nieve, que por cierto volvimos a encontrarlo fácilmente, gracias al Ton-ton de Carlos. Montreal pertenece al Estado de Québec, francófono, el lema que llevan todos los coches de éste estado es “Je me souviens”, en referencia a los años de olvido por parte de las autoridades coloniales a los problemas de ésta región. Después de dejar nuestras cosas en el Hotel y abrigarnos convenientemente, nos dirigimos a la calle St Catherine que es desde la calle Peel al este anglófona y desde la calle Peel al oeste francófona, ésta calle siempre está llena de gente, pese al frío, nos llamaba la atención de las tiendas de ropa con modelos con ropa con escote palabra de honor, qué frío!!. Cenamos en Reuben´s en el 888 de St Catherine, nos daban a elegir para expresarnos en inglés o francés, pedimos las famosas “poutin” canadienses que consiste en patatas fritas con queso.

El día 19 de Marzo lo dedicamos a pasear por el viejo Montreal, flanqueado por el Río San Lorenzo, y por su viejo puerto, al parecer de los mejores conservados del mundo, digo al parecer pues era tal la nieve que había que no podíamos verlo. Casi enfrente en la calle St Paul, se encuentra el Marché Bonsecours, inaugurada en 1874, fue el antiguo ayuntamiento, ahora centro comercial, coronado por una gran cúpula de bronce, allí recibí la noticia que mi suegra tenía un tromboembolismo pulmonar, comenzó nuestra incertidumbre, que nos acompañaría hasta el final del viaje.
Las calles principales de éste barrio son ST Paul ( la más antigua de Montreal)y Notre Dame, llenas de restaurantes y tiendas, todo con un cierto aire francés, ambas calles desembocan en la plaza de Jacques Cartier, donde se encuentra el ayuntamiento que visitamos gratis, famoso porque desde su balcón el entonces presidente francés Charles de Gaulle, en 1967 gritó “Viva Québec libre!”. Llegamos hasta la sala de plenos, lo que más me gustó de la visita fue la entrada flanqueada por dos estatuas muy grandes de dos campesinos de ambos sexos. En la misma plaza hay una columna conmemorando la batalla de Trafalgar, con un monumento a Nelson, detrás del ayuntamiento se encuentran los campos de Marte.
 Visitamos la Catedral Reina del Mundo, que es una copia exacta del Vaticano, pero a menor escala, construida a finales del siglo XIX. También visitamos la Basílica de Notre Dame, construida en 1657, incendiado en 1754 y reconstruida en 1773, la entrada cuesta 4 dólares los adultos y 2 dólares los niños hasta 17 años, aquí se casó Celine Dion. Comimos en un lugar que atendía una chica muy simpática, el local se llamaba Beniamino y Compañía en el 455 de la avenida de Viger. De allí y tras las indicaciones de la camarera, nos dirigimos a la ciudad subterránea, ésta es un complejo de 32 kilómetros de longitud con tiendas, cines, restaurantes, hoteles, etc, parece ser que el origen fueron los comerciantes chinos que empezaron a abrir sus negocios bajo tierra...Allí compramos unos pendientes de ámbar, por cierto a un comerciante polaco. Salimos de la ciudad subterránea por la calle St Catherine y cenamos en Nichol´s, un restaurante típico americano, decorado con retratos de estrellas de cine y situado en 740 St Catherine West.
El camarero resultó un tipo simpatiquísimo, oriundo de Bangladesh, estuvimos charlando sobre Montreal, el tiempo, etc, cenamos comida típica americana, como no. El último día completo en Montreal decidimos iniciarlo en el Barrio Latino, un barrio con pretendido aire francés, para mí no tanto, los edificios son del siglo XIX y la calle principal, se llama St Denis., volvimos a desembocar en el puerto, seguimos caminando y tras comer en la parte nueva, nos dirigimos al Hotel y cogimos el coche para dirigirnos a la Ciudad Olimpica, donde se celebraron los juegos olímpicos de 1976, fue diseñado por el arquitecto francés Roger Taillibert, la ciudad posee la torre inclinada más grande del Mundo, a la que se sube en funicular. También atravesamos el río San Lorenzo y visitamos la Biosphére, vestigio de la Exposición Universal de 1967, su cúpula de acero y cristal se divisa desde ambos lados del río. De allí y siempre en coche visitamos el barrio Mont Royal un barrio de casa victorianas y en el que se encuentra el parque del mismo nombre, compuesto por 3 picos , el más alto de 232 metros, desde los que se ve una vista impresionante de la ciudad, en éste parque se encuentra también el Oratorio de St Joseph´s, un santuario gigantesco, muy bonito de mediados del siglo XIX, la basílica es la 2º más alta del Mundo, después del Vaticano. Esa noche cenamos de nuevo en Nichol´s con nuestro amigo que nos ofrecía un servicio impecable y unas tartas de chocolate impresionantes por su altura.

El día 21 de Marzo salimos de Montreal para dirigirnos a Québec (622.000 habitantes), capital del estado de Québec, según nos acercábamos a ésta más nieve había, las carreteras, estaban limpias excepto en algunos tramos, debido a los remolinos de aire que había, las casas estaban cubiertas de nieve... y llegamos a Québec...única ciudad fortificada de Norteamérica, nos alojamos en el Hotel Loews Le Concorde, un enorme Hotel con un restaurante giratorio en el último piso, el hotel era elegante, lleno de esquiadores.
Nos asustamos del frío que hacía al salir, agravado por la ventisca, la señora de recepción amabilísima, nos recomendó bajar en taxi o en coche y nos aseguró que al día siguiente haría mejor tiempo. Cogimos el coche y atravesamos la muralla de la ciudad, dejando el coche en el aparcamiento de al lado del Ayuntamiento.
Hacía un frío intenso, pero no por ello no nos sentíamos fascinados por el encanto de Québec, comimos en Café Buade en el 31 de Rue Buade, la señorita que nos atendía hacía grandes esfuerzos para hablar en español, el sitio era muy agradable, la cuenta fueron 93,38 dólares canadienses. Continuamos descubriendo Québec, entramos en el Hotel Chateau Frontenat, impresionante castillo a orillas del río San Lorenzo, fue construido a finales del siglo XIX, en él se alojó Winston Churchil, planeando la toma de Francia por las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial y aquí también se gestó la fundación de la OMS. El Hotel está catalogado como uno de los mejores hoteles del Mundo. Primero fue un fuerte construido por Champlain, fundador de la ciudad y luego la residencia del gobernador, hasta que se quemó en 1834, a principios del siglo XX la Compañía Nacional del Ferrocarril fundó el Hotel. Entramos en el hall y visitamos su cafetería, había una recepción con camareras vestidas del siglo XIX, el ambiente era especial, verdaderamente es un Hotel con mucha clase, pero de la de verdad.
 Nos fuimos caminando hacia nuestro hotel y Elena sugirió entrásemos en un restaurante “español”, lo hicimos, se llamaba La Paella y estaba situado en el Grand Allé 595, mi hijo Enrique tomó tortilla española, de poco aspecto y sabor nuestro, decepcionante y caro.
Al día siguiente nos dedicamos a saborear Québec, maravillosa ciudad, francesa, suiza, todo menos americana. Paseamos bajo su intenso frío, entramos en tiendas preciosas, entre ellas una en la que Elena se compró una chaqueta muy bonita. La parte alta del Vieux Québec domina la mayor parte de la ciudad amurallada, está construida en casa bajas de piedra, parece ser que en verano todo está lleno de flores, ahora estaba cubierto de nieve, lo que le daba un aspecto de cuento de hadas, en ésta parte hay muchos restaurantes y tiendas preciosas, entre ellas una en la que Elena se compró una chaqueta muy bonita. Pasamos por la Plaza de Armas, con una estatua en el centro que rinde tributo a los padres franciscanos, desde aquí se accede al funicular que te lleva a la parte baja de la ciudad, medio de transporte dirigido a los turistas ya que la parte alta y la baja se comunican por unas extraordinariamente bien conservadas escaleras de madera.
 El funicular fue construido por William Griffith en 1879, en 1907 se cambió el sistema y se instauró la electricidad . Al lado de la entrada del funicular se encuentra la Terraza Dufferin, de madera y desde la que se divisa una magnífica vista del río San Lorenzo., pegando a la terraza hay una estatua de Champlain de 1898, financiada por suscripción popular. Visitamos la Catedral de Nôtre Dame de 1633, pero reconstruida en varias ocasiones. Nos marchamos andando hacia nuestro hotel para comer en su restaurante, traspasamos sus murallas y en el camino pasamos por las estatuas de Gandhi y Roosvelt cubiertas de nieve. Nos fijamos en el La Citadelle promontorio desde le que se domina la ciudad, construida por los franceses en 1750, con relevo de guardia, eso sí todo bajo la nieve, por lo que no lo pudimos verlo en su integridad. También pasamos por el Hotel du Parlament, de un estilo renacentista francés, proyectado por Tacheé entre 1866 y 1877, el lema de “je me souviens”, aparece por primera vez en sus planos. El edificio está enmarcado por 12 estatuas que representan personajes del país como Champlain, Cartier, Laval, etc. En éste parlamento sólo hay 5 diputados que hablan inglés. Llegamos al restaurante L´Astral, restaurante giratorio a más de 180 metros sobre el suelo, la comida era tipo buffé, estaba buena, pero lo más espectacular eran las vistas y como el restaurante giraba perceptiblemente, a pesar que Carlos no lo notaba, las vistas cambiaban. La más espectacular es la que hacía de vértice el Hotel Frontenat con el río San Lorenzo detrás.
Volvimos a retomar el paseo por la ciudad, nos dirigimos a la parte baja de la misma, la más antigua y la más vistosa, decorada con espectaculares trampantojos, uno de ellos recoge la historia de Québec, mezclando elementos del pasado y actuales. Llegamos a la Place Royal, preciosa, parecía sacado de un cuento de Dickens, es pequeñita y recogida, presidida por una estatua de Luis XIV, fue mercado público, está rodeada por bonitos edificios del siglo XVII y XVIII, entre ellos la iglesia de Nôtre dame des Victoires de 1688. En la plaza estaba situada una tienda llamada Geomanía, donde Eva se encaprichó de unos pendientes, que posteriormente Elena le compraría para su cumpleaños.
Paseamos por la calle comercial por excelencia llamada Quartier Petit Champlain, pequeñita, pero preciosa sobre todo por la vista que ofrece desde la escalera que nos lleva a ella, al lado otro trampantojo. Los niños se empeñaron en descender por un trineo que se había montado al lado del Hotel Frontenac, de una pendiente de 50 metros, mientras Elena y yo nos damos una vuelta por Place Royal, los dos Enriques, Alberto y Eva caían por una pendiente en trineo, a 1 dólar cada uno, mientras Carlos fotografiaba el evento. Enrique padre se hizo daño en un pierna, al parecer por mal posición de alguno de los inquilinos del trineo. Pasamos la muralla y nos dirigimos a la parte más moderna de Québec, allí en una plaza donde se patinaba sobre hielo, vendían un curioso caramelo: sobre una pequeña montañita de nieve, se esparcía jarabe de arce y al enfriarse, se recogía de forma envolvente con un palo de helado, Elena se comió uno. Terminamos el día cenando Casa Calzzone, un restaurante italiano al lado del Hotel.
El día 23 de Marzo, comenzamos nuestra visita en coche hacia Mont Sainte Anne, una estación invernal a unos 35 kilómetros al Norte de Québec, visitamos el Santuario de Sainte Anne de Beaupres, éste año celebraba su 350 aniversario, bajo un frío de justicia, entramos en su interior, donde había un oficio religioso. La iglesia es impresionante, fue destruida por un incendio en 1922 y se consagró de nuevo en 1976, en su interior hay una copia exacta de la Piedad de Miguel Angel.
Las campanadas del Santuario es la melodía de la canción mexicana “las mañanitas del Rey David”, o por lo menos es lo que sonó cuando nos marchamos de allí. De Sainte Anne de Beaupres nos dirigimos hacia Boischatele, municipio que alberga varias cataratas, la primera decepcionante y la segunda era la chute de Monmorency, de 84 metros de altura, a unos 10 minutos de Québec, donde más frío sufrimos en todo el viaje, hasta 22 grados bajo cero, se trata de una catarata, que en invierno, se forma el fenómeno de pan de azúcar, que es el vapor de la caída de la catarata cristalizada, formando una gran montaña de nieve, que puede alcanzar hasta los 30 metros, en ésta ocasión hacía que estuviésemos pisando la parte superior de un valla que rodeaba la vía de un tren.
Ateridos atravesamos en coche el puente sobre el Río San Lorenzo que nos conducía a la Isla d´Orleans, situada al Este de Québec de 400 kilómetros, llena de casa de más de 300 años de antigüedad, casi sin restaurar, ésta isla ha estado sin comunicar por vía terrestre hasta 1935. La cara que da hacia Québec, es una zona residencial de alto standing para las clases pudientes de ésta ciudad. Enfilamos con el coche la Route 368, y decidimos comer, en una especie de casa prefabricada llamada Fruits et legumes Roger Pouliot, todo eso. Estaba dividido en dos zonas, una para comprar fruta, verdura en conserva y otro una espacie de McDonalds a lo pobre, servido por dos mujeres, con aspecto de eslavas. El local estaba decorado por numerosas fotos de la familia y el edificio estaba rodeado por una terraza que daba enfrente del Río y cualquiera que se quedase en ese momento en ella para comer, correría el peligro de quedarse congelado. En fin, tras comer nos marchamos de la isla, terminamos nuestro día cenando en un restaurante al lado de nuestro Hotel llamado Saint Hubert, en 693 Grand Alleé Est; donde la mayoría de los platos que se ofrecían en la carta tenían en su composición pollo, para desgracia de Carlos, al final optamos por un plato de rica carne, regado con un particular vino sudafricano.
El día 24 de Marzo, emprendimos nuestro camino hacia Boston, en la frontera con Estados Unidos un simpático policía nos dio conversación sobre el tiempo, mientras nos pedía los pasaportes y miraba en el interior del coche.
Atravesamos los Estados de Maine, Vermont y New Hamphire hasta llegar a Massachussets. Paramos a comer en Miss Lyndonville, situado en Lyndonville en 686 Broad St, una población de 1227 habitantes. Entramos por puro azar, pero acertamos de pleno, por dos cosas; una por lo pintoresco del lugar y otra porque la comida estaba buena y con buen precio.
 Al entrar, todo el mundo nos miró, éramos forasteros, los comensales eran todos los personajes de la películas americanas, excepto el sheriff, cosa que hizo pensar a Carlos en delinquir para que estuviésemos todos, estaban las señoras gordas, el “malo” con bigote, la rubia explosiva.... En fin que comimos lo de siempre: carne y patatas, a lo americano, es decir, hamburguesa y patatas fritas, la comida nos costó 72 dólares, banana split y café incluido.
Atravesamos el Estado de New Hampshire, subimos unos 37 grados de temperatura con respecto a Quebec y llegamos a nuestro destino final: Boston. Boston pertenece al estado de Massachussets, ciudad fundada en 1630, por los puritanos, originarios de Inglaterra. Boston es el puerto americano más cercano a Europa y aunque es una ciudad americana, tiene cierto toque europeo. El Hotel era el Holiday Inn Beacon Hotel, en el barrio de Beacon, no estaba mal, dejamos el coche, las maletas y nos dirigimos a vivir Boston de noche. Pasamos la Old State House del siglo XVIII (antiguo ayuntamiento) y, cruzando la calle, saludamos a un gigantesco paseante de bronce, rodeado de árboles luminosos que nos condujeron hasta el Quincy Market, el edificio es de estilo neoclásico construido en 1772 y es el lugar más visitado por los turistas de Boston. Está lleno de tiendas y de puestos de comidas muy variada, también en su interior hay un Cheer´s, cenamos bajo el techo de Quince Market, tapizado de vigas de madera, nos echaron por lo tarde que era para los americanos, las 8 de la noche y volvimos a pasear de nuevo por las calles de Boston.
Al día siguiente nos dirigimos hacia el Dow town bostoniano y como nos paramos a ver el plano de la ciudad, una chica nos preguntó que buscábamos y como no buscábamos nada, nos recomendó el Massachusetts State House Boston, el parlamento del Estado con su cúpula dorada, al lado un monumento a los bomberos, figura muy respetada en Estados Unidos tras los atentados del 11-M, también había otra estatua de Jhon Fitgerald Kennedy, el 35 presidente de Estados Unidos, nacido en éste estado. El edificio fue terminado en 1798, es de ladrillo rojo y está coronada por una cúpula de bronce, acabado con pan de oro.
El interior del Parlamento, es suntuoso, patriótico, elegante, lo que más me gustó fue el monumento a las enfermeras que se encuentra en su interior, las paredes están pintadas por frescos que representan las guerras americanas, hay mucho de la guerra de Cuba contra España, también un gran retrato de Lincoln, en fin, todo muy americano. Cuando lo visitamos había un acto politico, no nos enteramos de qué color.
Tras nuestra visita al Parlamento, bajamos la calle bostoniana por excelencia: Beacon St, enmarcada por casas victorianas, también pasamos por otro Cheer´s, atravesamos el puente sobre el río Charles, con unas espléndidas vistas de la ciudad y llegamos a Harvard, fundada en 1636, la Universidad con más presupuesto del Mundo, también la Universidad donde se licenciaron 7 presidentes de Estados Unidos y 40 premios Nobel, las edificaciones son algo decepcionantes, con cierto aire complutense, pero es Harvard...Paseamos por el barrio, entramos en una librería y compramos entre otros el Quijote en inglés, así llegamos a la estación de Metro y decidimos comer en Au bon pain, sitios de bocadillos y ensaladas. Entramos en el hall de la estación, Enrique le preguntó a una mujer policía por el funcionamiento del sistema de entrada, una vez aclarado y habiendo Elena perdido unas monedas en el complejo sistema de máquinas expendedoras; entramos en la estación y nos dirigimos hacia Macy´s, gran almacén de ropa sobre todo, similar a nuestro Corte Inglés, allí nos separamos pues Enrique y Eva fueron a otra zona de Boston para comprar una Gameboy de coste bastante inferior que en España. Mientras Elena y Carlos arrasaron en Polo Ralph Laurent. Volvimos caminando a Quince Market, allí habíamos quedado con Enrique y Eva.
Decidimos cenar en un pub llamado The purple shamrock en 1 Union´s St un pub estilo inglés, con una sorpresa dentro: había un cantante en directo, Enrique hijo y Alberto le pidieron en mi nombre una canción de Jhon Denver, llamada Annie´s song, les dijo que no la conocía, pero a cambio tocó “ Take me home country rock”, preciosa canción que hizo inolvidable la última noche que cenamos en Boston junto con otras canciones de Van Morrison, Bob Dylan...maravilloso e inolvidable.
El día 26 de Marzo pasamos nuestro último día en el Puerto de Boston, desde el que se nos ofrece unas vistas de Boston bonitas. En éste puerto tuvo lugar el Boston Thé Party o motin del té, preludio de la independencia de Estados Unidos y donde toneladas de té acabaron en el fondo del mar. De nuevo un señor se empeñó en hacernos una foto.
Atravesamos el gran arco que separa el puerto de la ciudad, nos adentramos en ella, paseamos por sus rascacielos y al volver contemplamos las inscripciones que había en el suelo frente al puerto, con citas de emigrantes europeos que llegaron al puerto de Boston buscando una vida mejor. Montamos en el coche y nos dirigimos al Hotel a por nuestras maletas.
 Llegamos al aeropuerto de Logan tras dejar el Chevrolet que nos acompañó en nuestra aventura tanto tiempo El aeropuerto Logan está al borde del mar, desde los restaurantes se puede divisar éste, mientras contemplas perpleja como la camarera de un local de comida rápida despacha a sus clientes con un chador. Despegamos desde el aeropuerto donde años atrás también despegaron los aviones que cambiaron el Mundo al estrellarse contra la torres gemelas de Nueva York. Adiós América....

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