
Comenzamos el día 5 de Agosto de 2004 en Sarria; una población de Lugo a caballo entre Ponferrada y Santiago. Había numerosos peregrinos, muchos haciendo cola en el albergue para pernoctar esa noche a pesar de ser poco más de la una de la tarde.
Compramos bastones para los niños y pins referentes del Camino para nosotros. Tras conseguir la acreditación que debíamos sellar durante todo el Camino en el Ayuntamiento de Sarria y tras el desánimo que nos dio la funcionaria de éste (por el diseño que Enrique había hecho del trayecto) nos quedamos sólos Eva, Enrique pequeño y yo mientras el resto ( Nieves, Enrique, Luis y Laura) se fueron a la casa rural dónde nos alojaríamos para dejar los coches.
Nosotros atravesamos el pueblo por la Rúa Mayor y les esperamos en La Ponte D´Aspera del siglo XIII, allí vimos mucha gente que hablaba varios idiomas que se dirigían al camino, Enrique se sentó en el puente y se desprendió una piedra que estaba suelta del mismo, él interpretó que era normal, puesto que el puente era muy viejo. Poco después llegó el resto del grupo y comenzamos el camino, íbamos demasiado deprisa ya que comenzamos a las 14,30 y nos esperaban en Casa Nova de Rente (la casa rural) para comer.
Llegamos sobre las 15,30 (5,5 Km) y comimos, por cierto una carne durísima pero de buen sabor. Al término de la comida visitamos el Monasterio de Santiago en Barbadelo, dónde escribimos unas notas en el libro de visitas (incluídos los niños) y tomamos unas coca-colas en un chiringuito ambulante que había junto al albergue de peregrinos. Volvimos a Casa Nova, cenamos y descansamos.Al día siguiente tras madrugar , Luis y Enrique llevaron un coche a Portomarín y tras un desayuno no muy espléndido comenzamos nuestra andadura a la meta de nuestra primera etapa (aproximadamente 20 Km.). No se nos dio mal incluso auxiliamos a un peregrino llamado Manolo que era de Sevilla. Iba caminando sólo hecho polvo, le dí unas pastillas, un masaje con crema antiinflamatoria y le dejamos sentado en el kilómetro 100 con una botella de agua . Horas después lo encontramos como nuevo y nos acompañó hasta Portomarín y allí nos despedimos. Nos alojamos en un camping llamado Santa Mariña; en dos cabañas de madera con aire acondicionado, frente al Río Miño, estupendas. Todo gracias a Enrique que fue el que se encargó de hacer las reservas y organizar todo el viaje.
Fuimos a cenar a Portomarín, un pueblo muy animado por los peregrinos con una iglesia gótica especial y unos soportales muy bonitos, allí estaba Televisión Española haciendo un reportaje. Ahora nuestro problema era elegir un sitio para cenar y asesorados por un albañil de una obra y reforzados por la guía que llevamos; entramos en una Fonda llamada Casa Pérez donde el Tal Pérez camarero y dueño llevaba una camisa asquerosa y él mismo apestaba, pero pudo más el hambre e incluso no cenamos mal.
Nos levantamos muy pronto, hacía una mañana fría (estamos en Agosto), había neblina. Eva, Enrique y Laura jugaron con los caballos que había en la Finca y le dieron manzanas para comer con el Río Miño al fondo. Comenzamos la andadura de 25 km hasta Palas de Rei , fue duro ; había cuestas, pistas de asfalto, de tierra, carretera... nos encontramos gente encantadora. Comimos en un bar un bocadillo de atún con tomate que me supo estupendo.
El bar estaba situado en el Camino, se llamaba A Calzada y la población era Lestedo, lo regentaba una señora con cara de celta que criticó mucho al terrateniente gallego porque acaparaban los hoteles rurales, cogían las subvenciones y no los ocupaban bajo el pretexto que estaban completos y los disfrutaban ellos.
Eva se quejó de la rodilla, pero le pusimos un vendaje con crema antiinflamatoria y mejoró, no obstante vimos un fisioterapeuta que intentó ayudarla con un masaje. Tuvimos suerte con los pies, a nadie les salió ninguna ampolla.
Llegamos a Palas de Rei, un taxi nos trasladó a El Lugar de María Mercedes, un lugar encantador, situado en Antas de Villa, bastante alejado de Palas de Rei. Pasamos allí la tarde, los niños, Enrique y Luis se bañaron en la piscina y en el jacuzzi al aire libre mientras mantenían conversación animada con una pareja que se alojaba allí. Fue una tarde agradable; el lugar era precioso y las habitaciones muy bonitas, Nieves iba empeorando de sus piernas pero también era un motivo para reírnos. Cenamos presuntamente de menú, muy agradable y muy rico todo.
Al día siguiente llovió mucho, no pudimos hacernos fotos.
Desayunamos no muy copiosamente, el dueño nos explicó que algunas estancias databan de 1804. Nos marchamos tras pagar la cuenta, dónde observamos que el menú nos había costado más de 42 € cada uno, verdaderamente un abuso. Salimos de allí y nos dirigimos por el Camino hasta Melide (15 Km.). Fué el trayecto más bonito: veredas oliendo a Eucalipto, romero y otras hierbas desconocidas para nosotros pero muy agradable.
Al llegar a Melide tras una cuesta terrible llamamos al Hostal Xaneiro y le dijeron a Enrique que las habitaciones ya no estaban disponibles, pues no habíamos llamado en el día. Tras nuestra protesta, una vez en el Hostal, el señor comprendió que no tenía razón, pues habíamos confirmado una semana antes y nos ofreció dos habitaciones; una cuádruple y otra doble, aceptamos. Nieves optó por acabar con su sufrimiento comprándose unas rodilleras que le ocupaban casi toda la pierna, bilaterales y que le acompañaron el resto del Camino.
Cenamos en la Pulpería Ezequiel un curioso lugar dónde el pulpo se encargaba aparte, lleno de mesas corridas, muy bueno todo, comimos tanto pulpo que no volvimos a probarlo en todo el viaje. En la pulpería se distinguía perfectamente quién estaba haciendo el Camino, por la manera de caminar que teníamos todos.
Al día siguiente nos encaminamos hacia Arzúa, una etapa de 13 kilómetros, también muy agradable pero llena de subidas y bajadas, con varios ríos, el último el Río Iso, coronado por un puente medieval en Rivadiso dónde había un albergue que fué un antiguo Hospital, muy bonito.
Tras subir cómo no varias cuestas, llegamos a Arzúa (población con rico queso), Enrique se encontró un sombrero que un peregrino abandonó en el camino; desde allí fuimos con el coche que había dejado Luis a Casa Rei, situado en Castromil-Rendal, se trataba de una casa rural muy bonita, con techos de madera, paredes de piedra y una preciosa decoración. Pero lo mejor fué el trato, Carmiña y su marido Manolo eran encantadores y la cena fué espectacular: por 12€ nos pusieron: ensaladilla, filetes empanados con patatas fritas, caldo gallego y filloas con crema. Nos rendimos y pedimos a Carmiña cobijo por una noche más, pero no tenía sitio y nos ofreció una casa a 2 Kms que era de su primo. Aceptamos.
Emprendimos al día siguiente camino hacia Pedrouzo ó Arcas, tenía los 2 nombres. Una etapa de 19.20 Km cuajada de eucaliptos, dónde pasamos por tres monumentos de varios peregrinos muertos en el camino, uno de ellos un falangista de fama terrible en los 70. Paramos en un mesón a 100 metros del Camino, llamado Pensión Rural San Miguel, comimos lo de siempre, o sea menú del peregrino: caldo, carne y patatas, pero deprisa, no estuvo mal. Llegamos a Pedrouzo y nos dirigimos a Arzúa en autobús y de allí en coche fuimos de nuevo a Casa Rei, otra vez la cena espectacular: judías verdes a petición nuestra, Carmiña las había frito previamente en chorizo por si nos parecían sosas, ensalada y pollo con patatas guisadas, pasta para los niños, que nosotros también picamos y de postre tarta de piña. Al terminar la cena, nos despedimos muy cariñosamente de los dueños, tanto que Luis comentó que parecía que esta gente le quería más que su propia familia, tras hacernos una foto con ellos, nos dirigimos al pueblo de Tresiglesias, donde estaba la casa de Ángel, primo de Manolo, esposo de Carmiña, acogedora y limpia, como decía Enrique podía ser la casa de cualquiera de nuestras tías en el pueblo y allí estaban esperándonos como dijeron; para charlar un ratito antes de ir a dormir (estabamos agotados, así que se quedaron para dar palique Enrique y Luis). La casa la regentaba la mujer de Ángel, pero parecía quién cortaba el bacalao era la madre de aquel.
Los niños vieron las vacas y tomaron leche de verdad, pasamos la noche muy bien.
A la mañana siguiente cuando nos levantamos para emprender la última etapa Pedrouzo-Santiago, llovía a mares. Llegamos con el coche a Pedrouzo y no nos atrevíamos a salir de éste porque diluviaba. Compramos bolsas de basura y todos menos yo se forraron las botas, pero de una manera muy original, dándoles un aspecto de momias de película barata, todo idea de Nieves que era la creativa del grupo. Así comenzamos nuestra última etapa por un camino lleno de barro y diluviando.
Llegamos al Monte do Gozo, sellamos por penúltima vez en la capilla o Ermita de San Marcos, situado en el propio Monte do Gozo, donde de nuevo nos empezó a diluviar. Bajamos la cuesta y divisamos Santiago, por fin veíamos nuestra meta......
Y entramos en Santiago tras más de 20 kilómetros y ante la mirada atónita de los viandantes; pues los de las botas forradas tenían un aspecto curioso tras la caminata (como los zombies de las películas). Llegamos a la Plaza do Obradoiro abarrotada de gente, con una larga cola para pasar a través de la Puerta Santa, desistimos pues Luis y Enrique tenían que ir por los coches a Pedrouzo y por ello decidimos ir al Hotel Costa Vella (ya reservado). Se trataba de un hotelito con encanto en el centro de Compostela, era verdaderamente precioso, tenía una galería o estar en la primera planta y una biblioteca con astrolabio en la segunda.
Esperamos a los chicos y fuimos a cenar por consejo del Hotel a un Restaurante italiano llamado La Trattoria en la Calle República Argentina, 8 que regentaba precisamente un individuo argentino, llamado César muy particular que se empeñó en agradar especialmente a Nieves. La cena estuvo buena. Paseamos por Santiago de noche. Maravilloso.
A la mañana siguiente madrugamos para ponernos a la cola y obtener La Compostela, o sea el certificado que habíamos recorrido 111 kilómetros de la Ruta Jacobea por su Camino francés, eran las ocho y veinte de la mañana, habrían a las nueve y ya había docenas de personas, allí estuvimos hasta que llegaron Nieves y Luis, aprovechamos y mientras fuimos a desayunar, después nos dirigimos a la Puerta Santa (Año Xacobeo) la cual atravesamos tras una hora de espera y aguantar a dos señoras con muchas ganas de filosofar a estas horas tan tempranas de la mañana.
Llegamos al Santo, yo destacaría el fuerte abrazo que le propinó Evita a Santiago, luego visitamos su tumba, volviendo a la cola de La Compostela que obtuvimos a las 11 y 20 de la mañana, es decir tras tres horas de espera. Ya con nuestras Compostelas en la mano, dimos una vuelta por la Plaza de las Platerías, Plaza del Obradoiro, donde había unos curiosos mimos, entramos a las doce a la Misa del Peregrino en la que por cierto había mucha gente, tanta que hubo un momento que no dejaron pasar a nadie más. La misa fué en varios idiomas y la ofició el Obispo de Compostela, no hubo Botafumeiro.
Al salir tomamos el vermouth en el Casino situado en la Rúa Vilar, también compramos Con el Santo en la Catedral
camisetas con la flecha amarilla que tantas veces habíamos seguido en el Camino, luego comimos en un Restaurante de cocina gallega, sito cerca del Convento de San Francisco, donde Enrique y yo nos alojamos 14 años atrás. Comimos arroz con Bogavante, no estuvo mal aunque un poco caro.
Fuimos al Hotel a descansar, allí estuvimos de charla en la Galería tras estar cada uno en su habitación un rato e improvisamos una cena con fruta, yogures y queso de Arzúa que Luis y Enrique compraron en la tienda de enfrente del Hotel, encargamos a éste unos sándwiches mixtos y unas coca-colas. Lo pasamos muy bien. Riéndonos y charlando.
El jardín del Hotel era magnífico y allí desayunamos la mañana siguiente mientras nuestros amigos se fueron a atravesar la Puerta Santa, fue muy agradable, todo estaba lleno de plantas, mobiliario de madera, fuente cuajada de manzanas y de fondo el ruido de las gaitas, con el campanario del Convento de San José asomándose al jardín. Luego volvimos a pasear por Santiago aunque seguía abarrotado. Nos dirigimos a la oficina de turismo donde solicitamos un póster que habíamos visto en muchos lugares del Camino.
Tras pagar nuestra cuenta y despedirnos de nuestros amigos, decidimos marchar para la costa tras mi sugerencia, sobre todo por la apetencia que tenía de comer pescado y ver el mar. Siguiendo la carretera hasta Noia, decidimos continuar y paramos en Portosín, comimos en “Restaurante Portofino” donde nos prepararon un buen pescado y a buen precio. Luego paseamos por la playa y nos hicimos fotos.
Satisfechos nos dirigimos a Madrid a recoger los frutos de nuestro huerto.



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